Enero 2009


Pues el otro día, casualmente, se produjo una escena tantas veces anticipada. En la cafetería de un centro comercial me encontré con la mujer antes conocida coblancamo Ella (y aquí aparecería un link a aquel blog en que tanto se habló del tema y uno podría hacerse una idea de todo, pero creo que blogs.ya.com lo ha hecho desaparecer).

Me senté en la mesa de al lado sin darme cuenta. Esperaba yo a una amiga con la que había quedado a tomar café. Mirando a los lados vi un cogote que me resultaba familiar pero pensé que no era ella pues, curiosamente, no se parecía a la imagen que recordaba de cuando salíamos juntos  sino a la de cuando la vi por primera vez y todavía no nos conocíamos. Debe ser lo que yo llamo el efecto doppler aplicado a las relaciones personales (y aquí iría otro link al la web donde yo colgaba mis artículos que contenía uno en que ejemplificaba esta teoría, pero pasó lo mismo que con el blog).

Pues el caso es que nuestro encuentro fue diferente a las veces anteriores en que la vi. En primer lugar, porque ninguno de los dos se hizo el tonto y salió corriendo. En segundo lugar, porque lejos de sentirme nervioso, me sentí muy bien al intercambiar unas frases con ella y apreciar una sensación de normalidad. Me dió la sensación de que en ese momento (ya sé, ya era hora) daba por cerrado el caso Ella y eso me hizo sentirme muy bien.

¿Y fue este el primer fruto de la audición de la conferencia de Joe Dispenza que oí esa mañana o tiene que ver con alguna otra cosa?

Pues, quién sabe.

Cuando visité hace años el antiguo cementerio de Atenas se produjo uno de esos momentos mágicos, bellos e intensos que uno atesora de por vida. No voy a describirlo ahora aquí pero sí recordar un texto que leí en una lápida del bello museo allí enclavado. Se trata de una lápida del siglo V a. C. titulada Ampharete y su nieto. Las indicaciones del museo, claro, estaban también en inglés y la inscripción decía:

cementerio“I am holding here the child of my dauhter the belowed  whom I held on my lap when alive we be held the light of the sun, and now I am holding it dead, being dead my self”.

Quizá un amable y culto lector pueda hacernos una buena traducción pero sin necesidad de eso se aprecia lo triste pero bello del mensaje.

Anoté esto hace muchos años pero lo he encontrado hace unos pocos días, justo tras irse mi padre.

Y a pesar de todo el dolor, el vacío y la ausencia, siento que todo esto me está haciendo madurar, que está operando en mí cambios que deberían haberse producido hace mucho. Y percibo que desde algún lugar alguien me está ayudando en esta transformación, me esta ayudando a volver a vivir.